A la mañana siguiente.
Julián permanecía de pie junto a la ventana, con la mandíbula tensa, mientras Elyna, sentada en uno de los sillones.
Cuando llamaron a Salma, el silencio se volvió cortante.
La empleada entró con pasos cortos, manteniendo la cabeza baja en un gesto de fingida humildad.
—¿Sucede algo, señores? —preguntó Salma con un hilo de voz—. ¿He cometido algún error?
Elyna miró a Julián, buscando en su esposo la fuerza necesaria para pronunciar las palabras que cambiarían sus vidas par