Esa misma noche, Johnson caminaba por los pasillos de aquella mansión.
Era un hombre cuya lealtad era tan inquebrantable como el luto que llevaba en el alma desde que su esposa falleció años atrás.
Había jurado amor eterno a una tumba, cerrando su corazón bajo siete llaves.
Estaba a punto de retirarse a dormir cuando una figura pequeña y encogida llamó su atención en el jardín sombrío.
Era Salma. La luz de la luna bañaba su rostro, revelando que sus hombros temblaban por el llanto.
Johnson, que