Lucero abrió sus grandes ojos de repente, como si despertara de una pesadilla que aún le temblaba en el pecho.
Al verla allí, frente a ella, su carita se iluminó y se lanzó a abrazar a Elyna con una fuerza que no parecía propia de su pequeño cuerpo.
—Mamita, mamita… no te has ido —dijo con la voz quebrada, aferrándose a su cuello.
Elyna la rodeó de inmediato, apretándola contra su pecho, sintiendo cómo el miedo de la niña aún vibraba en ese abrazo.
—No me iré —susurró con firmeza—. Estoy aquí.
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