El pasillo del hospital se sentía como un túnel sin fin, donde el olor a antiséptico se mezclaba con el hedor de la mentira.
Julián Altamirano mantenía a Esteban acorralado contra la pared, su mano derecha cerrada en un puño que presionaba la garganta del otro hombre con una fuerza letal.
Los ojos de Julián, oscuros como una noche de tormenta, perforaban a Esteban con un recelo gélido; cada fibra de su ser le gritaba que el hombre frente a él ocultaba la pieza clave del rompecabezas.
—¡No tengo