El tiempo pareció congelarse en el baño de la recámara principal.
Elyna permanecía en el umbral de la puerta, con la mano aún apoyada en el marco, mientras el mundo que había construido con tanto esfuerzo se desmoronaba ante sus ojos.
Al ver a Salma allí, semidesnuda, pegada al cuerpo de su esposo bajo el chorro de agua, una punzada eléctrica recorrió la columna de Elyna.
No era solo el presente lo que dolía; era el eco devastador del pasado.
La imagen actuó como un detonante, transportándola