Por un momento, el mundo exterior desapareció: los ruidos de la ciudad, las obligaciones, las deudas del pasado.
Pero entonces, la realidad golpeó su mente como un martillo de hielo.
Vera miró a Gerardo fijamente, y en ese instante, fue como si recuperara el control de sus propios sentidos, arrancándose de la neblina del deseo.
—¡Es imposible, Gerardo! —exclamó ella, retrocediendo un paso, con la voz quebrada pero decidida—. Míranos. Esto que intentas construir es un castillo de arena frente a u