—Damas y caballeros… —la voz de Elyna tembló al inicio, no por debilidad, sino por el peso insoportable de cada palabra que estaba a punto de pronunciar—. Salvé la vida de este hombre porque lo amaba.
El salón, que minutos antes rebosaba risas, música suave y el tintinear elegante de las copas, quedó sumido en un silencio absoluto.
Era un silencio antinatural, denso, como si incluso las paredes contuvieran la respiración.
Algunos invitados se removieron incómodos en sus asientos. Otros alzaron l