Lejos de allí, en lo alto de un rascacielos que parecía desafiar al cielo mismo, Julián Altamirano estaba sentado tras su enorme escritorio.
La puerta se abrió sin aviso. Sin esperar, sin golpes, sin ceremonias.
—Pasa, Gerardo —dijo Julián, sin levantar la vista.
Gerardo Larios, su mejor amigo, abogado de confianza y mano derecha desde hacía más de una década, entró con paso firme.
Tomó asiento frente a él, apoyando los codos sobre sus rodillas, listo para escuchar.
—¿Qué sucede? —preguntó direc