El doctor apareció al final del pasillo con pasos lentos, casi medidos.
No caminaba con prisa, pero tampoco con calma; era la marcha de alguien que ya sabía que iba a pronunciar palabras que cambiarían una vida.
Su rostro estaba serio, demasiado serio, y Julián lo comprendió incluso antes de escucharlo.
Algo en el aire se volvió más pesado, como si el hospital entero contuviera la respiración.
—Lo lamento, señor Altamirano —dijo el médico con voz profesional, cuidada, sin matices—, pero… el seño