—¡Vera!
El grito resonó en la habitación como un disparo, rompiendo el silencio con una violencia que la hizo estremecerse de pies a cabeza. Vera se giró lentamente, como si su cuerpo se moviera más despacio que su mente, con el corazón golpeándole el pecho de forma desordenada. Alzó la mirada y lo vio.
Era su esposo.
O, al menos, el hombre que llevaba años creyendo que lo era.
Su rostro estaba desencajado, los ojos inyectados de una furia que jamás había visto antes. No había rastro del hombre