Esteban comenzó a buscar por todo el registro civil como un hombre a la deriva. Pasó de un mostrador a otro, repitió su nombre, explicó su versión una y otra vez, pero siempre encontraba la misma respuesta: silencio, evasivas, miradas incómodas que se desviaban en cuanto intentaba sostenerlas.
Nadie parecía dispuesto a darle información. Nadie quería involucrarse en un lío contra el señor Altamirano, por eso todos callaban.
—¡Sé que mi esposa venía a casarse hoy! —alzaba la voz, desesperado, cad