Julián miró por encima del hombro casi por instinto, como si algo muy antiguo y visceral se hubiera activado dentro de él.
No fue un pensamiento claro, fue una sensación: la certeza incómoda de que no estaba solo. El aire pareció cambiar de peso, volverse más denso. Y entonces la vio.
Elyna estaba ahí.
No se movía. No respiraba con normalidad.
Tenía el rostro pálido, casi translúcido, y los ojos abiertos de par en par, fijos en él.
Había escuchado cada palabra. Había visto cada gesto, cada movim