—¡No me mires! —exclamó Alegra, con el rostro enrojecido como un tomate maduro. Se cubrió los ojos con las manos por un instante, intentando escapar de la sensación que le provocaba la presencia de Juliano, quien la observaba con una sonrisa apenas contenida.
Él, divertido y ligeramente intrigado, ladeó la cabeza mientras la veía intentar recomponerse.
Sus ojos brillaban con un destello de picardía que hacía que cualquier intento de resistencia de Alegra pareciera inútil.
—Bien, espera afuera —d