Lucero y Gabriel decidieron pasar la tarde en el parque con sus hijos. Era un día cálido y soleado, con una brisa ligera que hacía danzar las hojas de los árboles. Los rayos del sol se filtraban entre las ramas, creando sombras que jugaban sobre el césped verde y húmedo. Los niños corrían por todos lados, riendo y gritando de alegría, y Lucero no pudo evitar sonreír al verlos disfrutar de la libertad del parque.
Gabriel, por su parte, estaba completamente absorto en su hija menor, que se mecía s