Juliano condujo con manos firmes, pero el corazón le latía con fuerza. Alegra estaba a su lado, cubierta con una manta, sus manos temblorosas descansando sobre sus piernas. No decía nada, pero podía sentir su dolor, su miedo, y eso lo hacía sentirse aún más responsable. El tráfico parecía moverse en cámara lenta mientras él aceleraba, decidido a llevarla al hospital más cercano. Cada semáforo rojo, cada bocina de otros autos, solo aumentaba su ansiedad.
Al llegar al hospital, el personal médico