Salma salió del departamento con el rostro aún encendido, no solo por lo que acababa de hacer con su amante, sino por la furia que seguía ardiendo dentro de ella.
Nada había salido como quería.
Se arregló el cabello frente al espejo del elevador, recuperando esa imagen impecable que siempre mostraba al mundo. Nadie debía ver su debilidad. Nadie debía saber que estaba perdiendo.
Porque eso era lo que más le dolía.
Estaba perdiendo.
Y no lo iba a permitir.
Más tarde, Salma regresó a la oficina con