En la mansión Senegal, la noche se había prolongado más de lo habitual. Las luces apagadas apenas dejaban ver los pasillos vacíos y el silencio pesaba sobre cada habitación.
Solo se escuchaba el tintineo de cristales rotos y el sonido de la respiración pesada de Esteban, recluido en su despacho.
Allí estaba, inclinado sobre el escritorio, con una botella de licor vacía a un lado y otra medio llena entre sus manos temblorosas.
Bebía como si el mundo se le hubiera derrumbado por completo, como si