Esteban comenzó a buscar a su hijo con una desesperación que le arañaba el pecho desde dentro, como si algo vivo se retorciera bajo sus costillas.
Caminaba de un lado a otro de la casa sin rumbo, con pasos erráticos, las manos crispadas y la respiración irregular. A ratos se detenía, como si esperara, escuchar una voz infantil llamándolo, pero lo único que recibía era el eco del silencio.
Un silencio cruel.
Cada rincón de la casa parecía burlarse de él. Las paredes, los pasillos, incluso los mue