—Claro... ahora sí que te reconozco—dijo Julián con una voz que, a pesar de la tormenta, sonó clara y firme—. Eres Bernardo. Aquel chico escuálido y asustado al que salvé en los pasillos del internado. Recuerdo perfectamente haberle roto la nariz a un tipo mucho más grande que yo, solo para que dejaran de darte aquella golpiza que casi te mata. ¿Es así como planeas pagarme después de tanto tiempo, Greco?
La sonrisa de suficiencia y poder que Bernardo Greco había mantenido se borró de golpe, como