El regreso a la mansión Altamirano fue un viaje a través de la penumbra de su propia alma.
Al cruzar el umbral, el frío de las paredes de mármol pareció filtrarse en sus huesos.
Sus manos no dejaban de temblar.
En el gran salón, Gerardo, Johnson y Vera la esperaban como angustiados. Sus rostros, marcados por las ojeras de una vigilia interminable, se iluminaron con un alivio momentáneo que pronto se tornó en sospecha al ver la palidez espectral de Elyna.
—¡Elyna! ¡Gracias a Dios! Estábamos a pun