Elyna colgó la llamada con dedos firmes, aunque por dentro todo le ardía como una herida abierta. El eco del tono final todavía parecía vibrar en su oído cuando dejó el teléfono sobre la cama. No suspiró. No lloró. No se permitió ninguna reacción visible.
Había aprendido, a lo largo de los años, que mostrar debilidad solo alimentaba la crueldad ajena.
El silencio volvió a instalarse en la habitación como una presencia incómoda, densa, casi viva.
Se sentó despacio en el borde de la cama, dejando