Cuando Julián vio a la pequeña Lucero parada detrás de la puerta, con el rostro bañado en lágrimas y el cuerpo entero sacudido por el miedo, sintió que el corazón le daba un salto brutal dentro del pecho.
El aire pareció faltarle de golpe.
Durante un segundo interminable, el mundo se detuvo, como si una verdad aterradora estuviera a punto de caerle encima con todo su peso.
—¡Mami, mami! —gritó la niña entre sollozos, con la voz rota—. ¡Un monstruo… un monstruo le pegó!
Aquellas palabras fueron s