Por un instante, ese beso fue tan apasionado, tan voraz, que pareció consumir el aire gélido que antes llenaba la habitación de Lucero.
Era el choque de dos fuerzas: la desesperación de un hombre ebrio y la resistencia de una mujer herida.
Lucero quería negarse. Su mente le gritaba que lo empujara, que le recordara las fotografías que el chofer le había enviado, que le gritara su desprecio en la cara.
Sin embargo, sintió cómo sus sentidos comenzaban a nublarse de manera inevitable.
Había pasado