GRACIAS
No siento mis piernas cuando cierro la puerta detrás de mí.
El ruido del batiente resuena en mi cabeza como un final.
¿Un final a qué? No lo sé, pero todo en mí se derrumba, lentamente, como un castillo de arena bajo la marea.
Subo las escaleras a tientas. Cada escalón chirría, cada sonido me regresa a esa voz: la suya, clara, herida, viva: ¡Estoy embarazada!
Esas palabras giran, se estrellan contra las paredes de mi pecho, golpean hasta hacerme daño.
Entro en la habitación.
La