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El dolor es un océano. Llega por olas, primero lentas y espaciadas, luego cada vez más cercanas, más violentas, hasta no ser más que un torbellino ininterrumpido que sumerge todo: la razón, el tiempo, el miedo. Soy un navío a la deriva, zarandeado en esta tempestad interior.
La habitación de parto está bañada por una luz tenue. Entre dos contracciones, veo el rostro de Ézran, pálid







