Corría con las patas golpeando contra el suelo, el aire frío de la noche cortándome el hocico.
Mi forma lobuna avanzaba entre los árboles como una sombra negra, guiada por el olor que ardía en mis narices.
Sangre.
Pelea.
Pero no era ella, no era Ava.
No todavía.
Cuando llegué al claro, me detuve de golpe, resoplando, el pecho expandiéndose bajo mi grueso pelaje.
Allí, bajo la luz de la luna, yacía un lobo negro enorme, un pícaro, con el cráneo aplastado.
El olor era inconfundible: soledad, desc