Alfa Ava
La sala estaba fría, a pesar del fuego encendido en la gran chimenea. Las paredes de piedra, decoradas con escudos antiguos y banderas descoloridas, parecían absorber el calor y devolverlo hecho escarcha.
Sentada en una silla demasiado recta, con la espalda rígida y los nudillos blancos de tanto apretar las manos, sentía las miradas clavadas en mí.
Seis pares de ojos.
Seis ancianos con títulos más antiguos que mi propia existencia.
Y uno más, el que dolía: Donovan, en silencio, de pie