La celda de cristal era tan silenciosa que el latido de su propio corazón resonaba como un tambor en el interior de su cráneo. Clara permanecía sentada en el sofá blanco, inmóvil, la mirada fija en la pared opaca que horas antes había sido una ventana a la pesadilla de otra persona. La imagen de la joven Anya, inyectada y abandonada en un rincón, se repetía en su mente. Kael se había ido, pero su amenaza flotaba en el aire estéril.
No supo cuánto tiempo pasó antes de que la losa de la puerta se