El viaje fue un vacío sensorial. La capucha de tela áspera olía a sudor y a humo, adhiriéndose a su boca con cada jadeo forzado. Los sonidos llegaban distorsionados: el rugido de un motor, el traqueteo de un vehículo sobre terreno irregular, las voces lacónicas de sus captores. Clara intentó memorizar giros y cambios de velocidad, pero la desorientación era total. El tiempo perdió su significado, estirado en una larga cuerda de ansiedad.
Finalmente, el vehículo se detuvo. Manos rudas la bajaron