La primera noche fue la más larga. Clara no durmió. Se quedó sentada en el sofá, mirando la pared blanca, repasando mentalmente cada palabra de John. Una semana. Siete días que sentía como una losa sobre el pecho. A la mañana siguiente, un técnico anónimo —un hombre de rostro impasible— dejó un desayuno impeccable y una tableta de última generación cargada con acceso a las más prestigiosas bases de datos médicas del mundo. La ironía era tan amarga que Clara sintió náuseas. Tenía a su alcance má