Narrador omnisciente
El silencio era lo más perturbador. No el silencio de la paz, sino el de una campana de cristal bajada sobre el mundo. Clara despertó en una habitación que no era la suya, aunque tampoco podía llamar "suyo" a ningún lugar desde hacía mucho tiempo. La memoria del tacto de Félix sobre su piel, una posesión fría y deliberada tras la firma de su rendición, aún era un eco fresco, un fantasma que se aferraba a las sábanas de seda egipcia. El colchón se adaptaba a la curvatura de