La mansión pareció cerrarse sobre mí al regresar. Las paredes blancas, antes imponentes, ahora se sentían como los barrotes de una celda elegantemente decorada. Cada paso por el pasillo alfombrado era un recordatorio de que cada acto de bondad aquí tenía una cadena atada, un precio oculto que siempre terminaba pagándose con pedazos de mí.
Félix me esperaba en el estudio, de pie frente a la ventana panorámica que daba al mar. No se volvió cuando entré, pero su reflejo en el cristal era suficient