El silencio en la Clínica San Miguel era tan profundo que se podía oír el zumbido de los fluorescentes en los pasillos desiertos. Bajo las órdenes de Félix, la actividad habitual se había ralentizado hasta casi detenerse. Los pacientes no críticos habían sido dados de alta con discretas indicaciones; el personal, tras cumplir con sus tareas esenciales, permanecía en sus cuartos, sintiendo la tensión como una presión barométrica antes de la tormenta. Toda la energía del complejo se había canaliz