René Chapman
Puedo entender la molestia y la frustración de mi esposa por todo lo que está pasando. Pero no por eso dejaré que cometa una locura.
—¿Estás seguro de lo que me pides?
—No confío en nadie más que en ti para hacerlo —le dije a mi interlocutor, a través del altavoz de mi celular.
—Ivette no se quedará quieta solo con eso, viejo —chasqueó la lengua—. Solo harás que todo empeore.
—Prefiero tenerla molesta en casa, que siendo foco de burlas y humillaciones en la calle.
—Bien, haré lo qu