Ivette Russell
Después de esto, oficialmente no tenía que imaginarme como era la cara de esa tal Grace.
Los quejidos y gemidos de la mujer hacían eco tanto en mi teléfono como en el de René, mientras él mismo la estampaba contra los ventanales de esa suite de hotel.
Totalmente desconcertada con lo que estaba viendo, no tenía la voluntad para cortar la reproducción. Así que fue el mismo René quien me arrebató el teléfono de las manos.
—Ivette…
—Está realmente mal de la cabeza —espeté, con la boc