René Chapman
Reí sin un ápice de vergüenza ni culpa.
No importa lo que alegara, para Ivette no había una verdad diferente a la que ella había decidido ver.
—Muy bien, lo admitiré —dije con desfachatez—. Estoy aquí porque te quiero a ti.
—Eres un descarado —espetó, con algo de molestia, disfrazada de ironía—. Vienes, me endulzas el oído, obtienes lo que quieres y luego te vas.
Se cruzó de brazos.
—Vamos, Ivette. Debes ser racional. Somos dos adultos que solo han tenido sexo una vez después de la