Mientras tanto, en el apartamento, Abigail caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. La orden de restricción era clara, no podía salir de la ciudad con Gabriel, y en cualquier momento podrían emitir una orden para llevarse al niño provisionalmente con ellos.
Su corazón estaba intranquilo.
—No voy a permitirlo, Rose. No pueden quitármelo —decía Abigail, con la voz quebrada mientras sostenía el teléfono en sus manos hablando con su amiga—. Rafael salió, seguro fue a hablar con ella, él