Pasaron dos semanas. Gabriel ya no necesitaba el respirador y empezaba a tolerar alimentos. La recuperación era lenta, marcada por episodios de náuseas y cansancio extremo, pero cada día era una pequeña victoria. El hospital, que antes era una prisión de angustia, empezaba a sentirse como el lugar donde todo volvía a tener sentido.
Para Abigail, el mundo exterior ya no era tan importante, recibía mensajes de Max, pero… ella prefería no responder, no después de que su vida diera ese giro. Nada,