En el asiento trasero del carro de Max, Abigail apretaba a Gabriel contra su pecho. El niño, confundido y con sueño, se había quedado dormido abrazado a su nuevo muñeco, ajeno a la tormenta que soplaba fuera.
Max conducía con las manos tensas sobre el volante, mirando constantemente por el espejo retrovisor. Su pecho subía y bajaba con agitación. No se sentía un secuestrador; se sentía un héroe. En su mente, estaba salvando a la mujer que amaba de una familia de lobos que solo querían usarla.