Primero todo fue oscuridad y después dolor. Un dolor profundo, intenso y desgarrador, vasto como el océano pacífico. Yacía tirada en una especie de celada que más parecía un hueco hogar de ratas y otras alimañaa, algún lugar de mala muerte que Adriano había encontrado y donde había decidido encerrarme sin más. Era un espacio pétrido, baboso y maloliente.
Mi cuerpo ardía en fuego y fiebre. Un dolor sordo me recorría de pies a cabeza, en cuanto me incorporé sentí como si un rayo me recorriera de