Ahora comprendía todo, pero ya era demasiado tarde. Aferraba la manta con fuerza mientras su cuerpo imponente se acurrucaba con el rostro hundido en la almohada, hecho un ovillo del que parecía incapaz de salir.
Mientras tanto, en otro lugar.
—Oye, ¿por qué me arrastras contigo si solo vas a ver a Matías? —preguntaba Celeste mientras conducía.
—Hombre y mujer solos, no queda bien ir directamente a su casa. Evito malentendidos —respondió Marisela.
Celeste suspiró con resignación.
—Ja, ¿y entonces