Al oír ese nombre, fue como si alguien hubiera activado el interruptor de explosión dentro de Lorenzo.
De inmediato se puso alerta, abandonó el cinturón de seguridad que estaba a punto de abrochar, cerró la puerta con llave y se giró para fulminar con la mirada al recién llegado.
El hombre que corría hacia ellos era el mismo que había visto por la mañana. Mientras examinaba sus facciones, cayó en cuenta de algo:
Con razón le resultaba familiar. No era un socio comercial, sino alguien que aparecí