Lorenzo solo quería llevarla rápido al auto; una vez en casa podrían hablar todo lo necesario. No podía permitir que Marisela volviera a esconderse.
—¡Suéltame! ¡Déjame ir! —Marisela trastabillaba mientras intentaba zafarse de su mano.
Por más que pellizcaba y clavaba las uñas, solo conseguía dejar marcas rojas en el dorso de la mano de Lorenzo, cuyo agarre de hierro no cedía ni un milímetro.
—¡Estás loco! ¿Qué demonios pretendes? ¡Te juro que gritaré! —Marisela, desesperada, miraba alrededor bu