Tragué saliva con dificultad, sintiendo un nudo amargo en la garganta al escuchar las palabras que tanto había temido. En ese instante, mi corazón no solo latía con fuerza; parecía estar a punto de saltar por mi boca. El silencio del apartamento se volvió denso, roto únicamente por el siseo del humo que aún flotaba en la cocina.
Rodrigo se acercó a mí con una lentitud depredadora. Su aura, antes cálida por la preocupación de mi quemadura, volvió a tornarse fría y analítica. Sus ojos oscuros,