—Aris, detente —gruñó Alessandro con su voz de Alfa.
Pero para su sorpresa él no paró de moverse sin apartar los ojos de ella.
Queriendo rodearla con sus brazos y hacerla suya.
La necesidad que tenía por enterrar su nariz sobre su cuello y aspirar su aroma era algo que jamás había experimentado.
Sus instintos eran cada vez más salvajes y primitivos.
Su lobo la reclamaba.
Incluso aunque no supiera si era suya ciertamente.
Pero solo había una forma de saberlo.
Poseyéndola.
—Diana...
Su corazón se