CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE

El aire del almacén huele a óxido y descomposición mientras aprieto mi espalda contra la de Antonio; nuestros cuerpos se alinean a la perfección de forma natural. Su calor se filtra a través de mi camisa, anclándome. Escudriño las sombras, contando al menos ocho renegados emergiendo de la oscuridad.

—¿Lista? —La voz de Antonio retumba en mi columna, baja y firme.

—Siempre —susurro, sorprendida por lo mucho que lo digo en serio.

El primer atacante se lanza desde nuestra izquierda: un lobo con cicatrices y colmillos amarillentos. Sin pensarlo dos veces, me agacho mientras Antonio gira hacia la derecha; nuestros movimientos fluyen como el agua. Le doy un golpe a las piernas del renegado, y el puño de Antonio le impacta en la mand&iac

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