CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO

Las puertas del establo se abren de golpe al paso de nuestra caravana. Los miembros de la manada se alinean en la entrada, con rostros que reflejan una mezcla de alivio, preocupación y algo más; algo que me eriza la piel.

Temor.

Al pasar, alcanzo a oír fragmentos de conversaciones susurradas:

—Oí que ella sola acabó con la mitad de los rufianes—

—Algún tipo de magia feérica—

—Brillando como la luz de la luna misma—

Me acomodo incómoda en mi asiento, rodeando con un brazo protectoramente a Milo, que se ha quedado dormido apoyado en mi hombro. Su respiración suave es lo único qu

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