CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO

Las puertas del establo se abren de golpe al paso de nuestra caravana. Los miembros de la manada se alinean en la entrada, con rostros que reflejan una mezcla de alivio, preocupación y algo más; algo que me eriza la piel.

Temor.

Al pasar, alcanzo a oír fragmentos de conversaciones susurradas:

—O&iac

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