—Sebastian —dijo Ginevra, recuperando su sonrisa, aunque tardó un segundo más en que el pánico desapareciera de su rostro—. ¿Qué haces aquí?
La observó en silencio. Después de unos segundos, soltó una risa seca, sin una pizca de humor, y negó con la cabeza.
—Eres muy buena fingiendo —dijo con un gesto frío, apenas podía contener la furia que le hervía la sangre. De haber sido un hombre, probablemente ya lo habría arrastrado afuera para destrozarlo a golpes.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Es suficiente