Gemma levantó la mirada cuando la puerta de su consultorio se abrió repentinamente.
Sebastian entró a su oficina con una mirada mortal y el cabello desordenado. La vena en el lateral de su cuello latía casi como si quisiera salirse de su cuerpo. Gemma nunca había visto un toro embravecido en persona, pero casi podía estar segura que era así como se veía uno.
—Entiendo que estamos trabajando juntos, pero no puedes irrumpir en mi oficina cada vez que se te dé la gana. Espero que sea importante —ag