Tía. 5
Eleonor se sobresaltó al ver a Masón cómodamente sentado en uno de sus sillones, con las piernas cruzadas y la expresión imperturbable. En el otro extremo de la sala, Leo ocupaba el sillón opuesto, con los codos apoyados en las rodillas y los ojos clavados en el suelo, como si contenerse fuera un ejercicio físico. Ninguno de los dos se había molestado en mirar a Rebeca, que seguía desmayada en el suelo, junto al marco roto de una vieja pintura.
— Bueno... — murmuró Eleonor, soltando el aire con